La crisis de los 3 años.

Parece que el tiempo vuela cuando vemos crecer a nuestro pequeño. Nos da la impresión de que hacía unos momentos lo teníamos en brazos, dependiendo absolutamente de nuestros cuidados en cuanto a alimentación, movilidad y lenguaje.

Es un gusto verlos crecer, aunque también es un reto, ya que durante el proceso nos encontramos con situaciones que pueden ser propias o no del desarrollo del niño y que no sabemos muy bien cómo enfrentarlas y manejarlas.

En este sentido, en cada etapa podemos ir presenciando la evolución de las distintas líneas del desarrollo por las que va pasando el pequeño.

Estas son, por ejemplo, el desarrollo neurológico, el desarrollo cognoscitivo, el emocional, social, etc. Y todas ellas implican tanto logros como situaciones de crisis que hay que superar.

¿Por qué a esta edad?

Lo que sucede en este momento del desarrollo es que la motricidad del niño evoluciona de manera repentina y veloz. Es decir, a esta edad los niños caminan, corren, saltan, juegan a la pelota sin ayuda, suben y bajan escaleras, entre otras actividades; por lo que la autonomía del niño va en aumento al igual que los peligros y los riesgos a los que se enfrentan.

¿Qué pasa con los padres?

Ante ello, lo que sucede con los padres es que en ocasiones no saben cómo manejar estas nuevas formas de movimiento y la nueva independencia que el niño gana con ellas, por lo que a veces se sienten angustiados o temerosos y pueden prohibirle al niño muchas actividades, limitándole el desarrollo motriz. O pueden dejar que ejerza esta autonomía sin control alguno, fomentando que el niño no tenga límites y se pueda sentir solo.

¿Qué se puede hacer?

Debemos brindarle al niño la oportunidad de desarrollar sus habilidades, de jugar y de aprender sin caer en el extremo. Es decir, dejarlo experimentar por él mismo pero en ambientes seguros y supervisados. Esto le brindará la confianza y la seguridad que necesita para ejercer su autonomía y crecer felizmente.

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