No me divorcio por mis hijos

Los niños no pueden vivir entre enemigos.

¿Cuántos hombres o mujeres conoces que sostienen un matrimonio infeliz con una relación de pareja que les amarga la vida, con tal de no dañar a sus hijos con un divorcio?

Son muchas las mujeres que soportan mil cosas, u hombres que deciden “aguantar” a su esposa por no “lastimar” a sus hijos o separarse de ellos. Finalmente, después de estos supuestos “sacrificios”, nos encontramos unos hijos hechos pedazos por haber vivido dentro de un “supuesto hogar” en “supuesta armonía” como una familia “supuestamente normal”.

Esta situación genera más daños irreversibles que un divorcio. A los hijos que han vivido en medio de peleas y agresiones les cuesta mucho trabajo creer en el amor generoso de un hombre y una mujer cuando son adultos, y dudan sobre la posibilidad de lograr un buen matrimonio; desconfían hasta de su sombra y no saben cómo llevar a cabo una relación sana porque no tienen modelos cercanos que imitar.

Los hijos de padres divorciados, que siguieron peleando toda la vida, se juran a sí mismos que
ellos no cometerán el mismo error ni harán sufrir a sus hijos lo que ellos sufrieron, y cuando sienten que están fracasando en su matrimonio, muchos se condenan a “cadena perpetua” pensando que el sacrificio vale la pena por los niños. Ellos pensaron en el “hubiera”, un verbo tan conjugado en términos positivos cuando las cosas van mal: “Si mis papás no se hubieran divorciado, nada de esto estaría sucediendo”, “si mi papá hubiera vivido con nosotros, todo estaría bien”.

Paradójicamente, los hijos del divorcio idealizan el matrimonio. Cuando ven a los papás de
sus amigos tomarse de la mano y convivir un domingo imaginan que nunca tienen problemas y son como los de las películas: “Felices por siempre”. Envidian los hogares “completos” y se desilusionan profundamente cuando descubren que en ellos tampoco se encuentra la plena felicidad.

¿Vale la pena el sacrificio?

Los hijos no deben vivir en un campo de batalla. Nadie puede dar lo que no tiene y si la vida de una persona es infeliz y frustrante, no puede ofrecer a los que ama felicidad y éxito.

Cuando se ha perdido el amor y el respeto, cuando se sufre personalmente y se hace sufrir a los demás, cuando ganan los reproches y la amargura a la convivencia armoniosa y no hay a la vista posibilidades de solución, es mejor tomar caminos separados.

El divorcio no es mala suerte, es un fracaso en un plan de vida y nadie quiere fracasar cuando le ha invertido a ese plan sus mejores años, sus más altas ilusiones y su primer proyecto para ser feliz. Los seres humanos no estamos inmunes a estos fracasos y debemos aprender de ellos para seguir adelante. Nunca deberemos detener la búsqueda de una vida mejor para nosotros y para quienes dependen de nosotros.

Un papel del registro civil o un acta de matrimonio religioso no cambian una realidad ni garantizan la felicidad. Estos papeles significan la adquisición de un compromiso entre un hombre y una mujer para vivir en pareja y formar una familia, lo que sigue va por cuenta de los contrayentes.

Muchos matrimonios escudan su miedo, su apatía o su falta de fe y entonces usan la famosa frase: “no me divorcio por mis hijos”. Permanecen estancados en una situación conflictiva, porque ya se dieron por vencidos y consideran que su relación de pareja ya no tiene solución, por lo tanto su vida tampoco la tiene.

Los niños no pueden vivir entre enemigos.

Susana, una mujer de 40 años, me confesaba su gran resentimiento hacia su madre: “No se atrevió a correr a papá hasta que yo me casé”. Yo le respondí que seguramente su madre lo había hecho por ella. “Si hubiera pensado en mí, sabría lo doloroso que era verlos pelear a diario y nunca presenciar un beso o una caricia entre ellos”, afirmó.

Los matrimonios felices generan felicidad a sus hijos. Las parejas que han vencido los obstáculos y trabajan a diario por crecer en pareja les transmiten a los niños seguridad y con ella independencia y creatividad; sin embargo, cuando un matrimonio no logra este éxito, el efecto en los hijos es igual de intenso pero en sentido negativo; el hecho de permanecer juntos aumenta la tensión y la inseguridad en unos niños que viven siempre en tensión porque sus padres tienen miedo a decidir” y por “decidir” no solamente me refiero a divorciarse oficialmente sino principalmente “decidir” ser feliz a pesar de los obstáculos y eso incluye en primer término permanecer casados.

Psic. Julia Borbolla
Grupo JULIA BORBOLLA
www.juliaborbolla.com

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