¿Cuándo empiezo a poner límites?

Es una de las tareas más difíciles para los padres.

Disciplinar a los hijos es una de las tareas más difíciles para los padres. Nadie nos ha enseñado y generalmente asociamos el término “disciplinar” con gritar y pegar, conductas que hemos jurado mil veces que no haríamos y acabamos haciendo muy a nuestro pesar.

Lo cierto es que la agresión física o verbal contra los hijos no es otra cosa que producto de la impotencia. Por ello, es fundamental tomar el poder sobre lo que se debe y no se debe hacer, para evitar “negociar” con un pequeño que no tiene capacidad para saber lo que le conviene.

“Todavía no entiende”, “Es muy pequeño aún”, “Pierdes tu tiempo si crees que te obedecerá” etc. etc. Estas y muchas otras frases son las comunes cuando hablamos de ponerle límites a los niños pequeños; sin embargo, debo comunicarte que la hora de disciplinar llega junto con el nacimiento de tu hijo y, si no comienzas esta labor a la par de su existencia, tu “trabajo como mamá o papá” será cada vez más difícil.

Lo primero que desarrolla un bebé es su “VOLUNTAD DE PODER”, es decir, su capacidad para hacer valer lo que quiere, aunque para ello tenga que pasar por encima de los demás. De hecho, la palabra mágica que primero aprende es “NO” y cuando descubre su poder, lo quiere ejercer todo el día.

¿Qué nos pasa cuando vemos a un pequeño que se sabe dos o tres palabras, expresando un firme y rotundo no frente a su papilla o su medicina? Nos hace mucha gracia y hasta nos crea una rara satisfacción porque vemos aflorar una firme personalidad. Sin embargo, debemos alejarnos de la seducción que esto ejerce y recordar que la primera lección que él o ella deben aprender es: “Tu voluntad de poder termina en donde empieza la de los demás”.

¡Suena fácil! Pero es una lección que requiere muchas y muy dolorosas lecciones.

María quiere las llaves de la casa y aunque le ofrezcan el mejor juguete ella no quiere soltar su preciado botín. Cuando mamá o papá le quita a la fuerza las llaves se arma un gran berrinche que significa: “Si no se hace lo que yo digo lloraré hasta desquiciarte”.

El vencedor de esta primera batalla tomará tal ventaja que será difícil vencerlo después, y temo decirte que generalmente es la niña la vencedora. ¿Por qué? Pues por la simple razón de que sus padres la aman y les afecta verla llorar; la cuidan y les afecta que arme un escándalo, los papás están a cargo de su bienestar y el hecho de que llore los hace sentir que están fallando. La niña, por su parte, no está a cargo de nada que se relacione con sus papás, ni siquiera puede estar a cargo de sí misma.

Cuando mamá o papá es vencedora en la lucha de poderes, el verdadero ganador es el niño o niña porque pierde una batalla, pero va ganando la guerra contra la inmadurez.

¿CÓMO EMPEZAR?

  • Identifica muy bien un llanto de un berrinche. Nadie como una mamá para saber si hay algo grave o se trata de un recurso. Hazle caso a tu sentido común y no temas ser injusta. Más vale que llore un poco por tu causa a que tú, en un futuro, llores por causa de él o ella.
  • Deja claro lo que significa “NO” en tu idioma adulto, es decir, si negaste algo no lo des, no lo permitas por cansancio. Si fuera necesario aleja al niño del objeto o el objeto del niño.
  • Resiste y no cedas. Pronto, sin palabras, comprenderá el peso de tu negativa y la respetará también.
  • Después de la “tormenta” acércate a tu hijo o hija con cariño para que sepa que tu rechazo es a su conducta y no a su persona. En esos momentos de calma dile lo que te gusta de su personalidad.
  • Despersonaliza el error. Él o ella no son malos, ni berrinchudos, sino que se les metió el bichito del enojo o del berrinche, y esperas que pronto se salga de ahí. Esta técnica se aplica en la terapia narrativa y da magníficos resultados porque no compromete al niño con una imagen negativa y al ver al berrinche como algo aislado lo puede manejar mucho mejor. Inclusive, a los más grandecitos les pedimos que dibujen el bichito del berrinche y luego piensen cuando aparece y cuando no. Te asombrarás con las respuestas que escuches. Un pequeño de tres años me dijo hace algunos días: “El bichito entra cuando no he comido” y esa reflexión lo lleva a conocerse y a saber cómo evitar “el ataque de los bichos del mal humor”.
  • Se firme en las rutinas. Los niños se acostumbran a la disciplina así como lo hacen con su cuna o su “trapito”, de tal forma que ven muy natural que sea la hora de dormir o de apagar la televisión. De lo contrario, cada día “lucharán” por que se haga su voluntad y si obtienen victorias, aunque sean esporádicas, seguirán en la lucha. Es lo mismo que ocurre con los apostadores, ¿ganaré o perderé hoy? El aclarar esa incógnita es la base de su satisfacción.
  • La disciplina no está peleada con los mimos. “Si no los disfruto ahora que son chicos, ¿cuándo lo haré?” Es un argumento muy usado para evitar entrar en conflicto por disciplina. Puedes disfrutarlos y a la vez educarlos. De hecho, disfrutarás más a unos niños tranquilos y disciplinados que a otros que se vuelven agresivos por no tener límites.
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